Retrato de Nando Pons, el arquitecto en activo más conocido de Menorca, que colecciona edificios históricos, sueños y recuerdos

Casi cuarenta años de carrera, un millar entre casas y pisos, una decena de hoteles. Llevo diez años viviendo en una casa que él diseñó en 2003 y esta entrevista, en cierto sentido, parece casi el epílogo de una historia.

Me había imaginado a un hombre diferente. Porque a veces el éxito se te sube a la cabeza y quien en Menorca ha firmado tantos proyectos, desde hoteles con encanto hasta villas millonarias, tendría todo el derecho a permitirse un poco de distancia. Pero no es así.

Nando Pons, Mahon, Menorca: casi cuarenta años de carrera, un millar entre casas y pisos, una decena de hoteles.

Cristóbal Fernando Pons Vidal, para todos Nando, tiene un don natural: la empatía. Es cordial tanto con sus trabajadores como con los conocidos con los que se cruza por la calle, amable con quien llama a su puerta para pedirle un espacio, un consejo o una mano.

Se llama como su abuelo, Cristóbal Fernando, pero a su madre no le gustaba ese nombre, así que se convirtió en Nando para siempre. Sin embargo, celebra su onomástica, y de qué manera: la tradición dicta que el 10 de julio se comen caracoles pequeños y él, confiesa, es un auténtico goloso. Descubro que Nando es un hombre que mira hacia el futuro sin perder nunca de vista de dónde viene.

La Vespa, dos niños y las sacas de cemento

De dónde viene, precisamente. De la calle de Sant Joan, por entonces una zona pobre de Mahón, en una familia de siete hermanos. Una calle con una fuente, donde su padre le enseñó a montar en bicicleta, y un muro alto tras el cual se escondía el huerto de las monjas. Todos los niños del barrio iban a su colegio, con una capilla tan pequeña que la misa parecía un asunto de familia. Luego llegó La Salle, el colegio de los frailes, y ese trayecto a pie, solo, que al pequeño Nando le parecía una auténtica aventura.

Hay una fotografía que vale más que mil palabras. Su padre montado en la Vespa, Nando de pie delante, su madre detrás con su hermanito en brazos y, aún más atrás, un saco de cemento. Porque desde 1965, durante unos veinte años, sus padres construyeron una casa con sus propias manos, fin de semana tras fin de semana, en cala Partió, al otro lado del puerto de Mahón. Las carreteras estaban en pésimo estado y, a menudo, se llegaba allí en barco, una especie de taxi del mar. No había agua corriente: la sacaban del arroyo, y con arena y cemento fabricaban los ladrillos. Y cuando se celebraba una fiesta con los vecinos, se bailaba en la pista de baile de cinco metros por cinco construida por su padre y los niños hacían carreras de sacos.

Nando Pons: recuerdos de la infancia en Mahón.

Una madre cariñosa que supo mirar más allá

Quizá fue allí, entre esos ladrillos hechos a mano, donde nació un arquitecto. Pero quien le señaló el camino fue su madre. «Es una mujer especial, con mucha fuerza», cuenta. «Nos transmitió amor y cariño, a diferencia de mi padre, que había recibido una educación austera y de ciertas cosas no se hablaba».

Huérfana desde muy temprana edad, su madre deseaba una familia numerosa y la tuvo: «Somos una familia muy unida, estamos todos aquí y nos queremos. Tiene 89 años y vive sola, en esa casa construida pieza a pieza, con uno de sus hijos viviendo en la planta baja. Todos los sábados almorzamos todos en su casa y cada noche, por turnos, uno de nosotros, los hermanos, cena con ella». Nando, el primogénito, es el único que ha estudiado, pero se apresura a precisar: «Mi hermano Dani trabaja conmigo y es muy inteligente». Y yo siento una pizca de sana envidia por una familia tan unida, cariñosa y atenta.

Barcelona, los cálculos a mano y el baile

ARU Arquitectura, Mahon, Menorca es la antigua fábrica de zapatos del señor Cachot -también de 1920 y diseñada por el arquitecto Francesc Femenías y Fábregas.

En 1980, Nando se marcha de Menorca y se va a Barcelona a estudiar arquitectura. Y para ganarse la vida hace de todo: camarero, profesor de baile, cálculador de estructuras. Y es este último trabajo, en un estudio de cálculos para la arquitectura, el que considera una gran oportunidad. «Además de la independencia económica, me dio mucha seguridad. En los años ochenta y noventa todo se hacía a mano: los cálculos que hoy realiza el ordenador, entonces se hacían a mano».

El baile es otro capítulo. Baile de salón, desde el cha-cha-cha hasta el tango, pasando por el rock and roll: estudiaba en una academia de Barcelona y, en verano, volvía a Menorca e impartía clases, llegando a enseñar incluso a 500 personas en el sotano del Soho. Hoy ya no baila, confiesa. Pero quien lo ve moverse entre las obras y las salas de exposiciones intuye que nunca ha perdido su sentido del ritmo.

Siena, el Palio y un amor italiano

En el verano de 1986, gracias a un intercambio universitario, Nando pasó dos meses en Siena y trabajó con el arquitecto Giancarlo De Carlo. Y allí le sucedió una de esas casualidades que no se pueden planificar: entró el último en la plaza y se encontró en primera fila para ver el Palio. «Una de las experiencias más bonitas de mi vida». Desde entonces, Italia se le ha quedado grabada: habla un poco de italiano, le encanta Venecia y, no por casualidad, está restaurando una propiedad cerca de Torre d’en Galmés, destinada a convertirse en un agroturismo de un querido amigo italiano.

ARU, un nombre fruto del azar

En 1987 regresa a Menorca y comienza a trabajar como autónomo. Diez años después, en 1997, abre el estudio ARU. El nombre, cuenta divertido, no significa nada: debía llamarse ARQ, pero alguien lo cambió sin avisarles. El resultado fue un sonido que recuerda a Japón, y así se quedó.

Nando Pons, Mahón, el arquitecto en activo más conocido de Menorca
¿Cuántos proyectos ha firmado? Nunca los ha contado. Entre casas y pisos, calcula que entre ochocientos y mil. El más grande está en Ciutadella, con 166 viviendas, y en casi cuarenta años ha construido una decena de hoteles. Hoy en día, ARU Arquitectura cuenta con diez empleados fijos y varios consultores externos.

También han cambiado las peticiones de los clientes. Antes solo se buscaba la arquitectura tradicional menorquina; hoy se restauran casas antiguas y se construyen otras nuevas. Cada vez es más frecuente que se pida un lenguaje arquitectónico contemporáneo.

Nando Pons, el arquitecto de la memoria

Sin embargo, hay un Nando Pons que va más allá del estudio de arquitectura. Es aquel que, a lo largo de los años, ha adquirido edificios históricos cerrados, abandonados y olvidados. Como la casa señorial de 1812 de la familia Sapiña, convertida en el Boutique Hotel Ses Bruixes con Spa. Durante quince años fue también su estudio y es el edificio al que más cariño le tiene. Y luego la Fàbrica Codina de 1920 en Mahón; Sa Il·lustrada, en el número 22 de la calle d’Anuncivay de Mahón, de 1809. A continuación, la antigua fábrica de zapatos del señor Cachot -también de 1920 y diseñada por el arquitecto Francesc Femenías y Fábregas, el arquitecto modernista más famoso de Menorca -, y hoy sede del estudio ARU. Y también, la antigua fábrica de azulejos hidráulicos Adrover, con la Sala Blanca en la planta baja – un espacio polivalente para eventos y exposiciones – y, en la primera planta, el Estudio Goodman de su esposa Jenessa, artista de profesión.

En el corazon de Mahón se encuentra la Fàbrica Codina del 1920

¿Por qué? «Porque estos edificios me dicen algo. Cuentan historias», explica Nando. Para escucharlas, recurre a historiadores como Miquel Àngel Limón y Alfonso Méndez. Y añade: «Su alma me llama y quiero conservarla».

Una amiga le ha apodado «guardián del templo». Él se define como «arquitecto de la memoria». Y añade «recolector de sueños» porque, explica: «Quiero preservar la memoria de mi ciudad y de la isla. Por desgracia, hay muchísimas casas que han perdido el alma». Echa un vistazo a su perfil de Instagram

Ya le han pedido que venda algunos de estos edificios, pero él quiere que permanezcan en Menorca y está barajando la idea de crear una fundación. Mientras tanto, la cultura se ha adueñado, casi sin pedir permiso, de un tercio de su vida. «No lo había pensado, simplemente surgió. Al disponer de espacios alternativos, muchos llaman a mi puerta para hacer fotos o exponer. Y yo siempre intento echar una mano».

Los sueños guardados en el cajón (que está lleno)

Fàbrica Codina, de su propiedad desde hace cuatro años, podría convertirse en el museo de arte contemporáneo de Menorca, quizá con un formato mixto. «Es una idea, la estoy estudiando. Hemos hecho pequeñas cosas, queda mucho por hacer», añade.

Antiguo candelabro de Sa Il·lustrada: una casa-museo y un hotel urbano con ocho apartamentos lista en el 2027.

Y luego están los sueños de verdad, esos que se cuentan con los ojos brillantes. Una bienal de arte al estilo de Venecia, entre Mahón y Es Castell. Y un centro de talasoterapia en la cantera de Es Castell, donde dormir dentro de crisálidas suspendidas, en camas redondas de dos metros de diámetro…

Menorca, virtudes y defectos

¿Qué es lo que más te gusta de tu isla, Nando? La seguridad, el paisaje, la limpieza y, sobre todo, la gente, flexible y capaz de adaptarse a la llegada de los extranjeros. Los defectos, dice, son pocos. Construir es difícil, pero es una realidad que hay que aceptar: «Si no te gusta, no vengas». Lo que realmente le entristece es otra cosa: el cambio de modelo social. «El menorquín se está perdiendo. Estamos perdiendo el dialecto, también se está perdiendo el catalán, y las comunidades son cada vez más internacionales. Yo intento mantenerlo».

La pasión por los caballos

Nando tiene otra pasión: los caballos. Durante casi veinte años fue criador de trotones y algunos de sus caballos siguen viviendo en una finca de Sant Lluís, otros en el hotel Son Granot, otro edificio histórico de su propiedad. Y hay un nuevo capítulo: desde hace dos años tiene a su lado a Jenessa y, desde abril de 2026, son marido y mujer.

Salgo de este encuentro con la impresión de haber conocido a un hombre que construye casas, sí, pero sobre todo guarda historias. Incluidas las suyas: aquella Vespa cargada de cemento, la pista de baile de cinco por cinco metros, los sábados a la mesa con su madre. Quizá ese sea el secreto de Nando Pons. Nunca ha dejado de ser el niño de la calle de Sant Joan que iba solo al colegio y pensaba que estaba viviendo una gran aventura.

Cristóbal Fernando Pons Vidal, para todos Nando, el arquitecto en activo más conocido de Menorca.