De la pastelería a las 3.500 piscinas y al sueño de un museo de la bicicleta. Retrato de Arturo Sintes, menorquín que nunca ha dejado de pedalear

Durante años, el nombre de Arturo Sintes Lluch ha formado parte de mi vida sin que pudiera ponerle cara. Es el propietario del terreno contiguo a mi casa y, durante un tiempo, acaricié la idea de comprarlo: un sueño que se desvaneció tan pronto como había surgido. Por fin lo conocí esta primavera, en casa de unos amigos, y me encontré ante un hombre de una sencillez y una cordialidad desarmantes, al que le encanta hablar italiano. Así que le solté: «Arturo, me encantaría entrevistarte». «Cuando quieras», me respondió.

Arturo Sintes, Menorca, es un menorquín de pura cepa nacido en Mahón

Así es como nace esta larga y apasionada charla con un menorquín de pura cepa: ¡mi primera entrevista en Menorca en italocastellano!

Nieve y terrones de azúcar

El primer recuerdo de Arturo es blanco. Es el 1956, él tiene cinco años y Mahón, contra toda costumbre, está cubierta de nieve. El segundo recuerdo es dulce: ese mismo año, su padre, reparador de bicicletas, vuelve a casa con una bolsa de terrones de azúcar que eran de ciclistas que participaban en la Vuelta Ciclista a Menorca. Para un niño que creció en la pobreza, el mayor de tres hermanos, son un tesoro. Setenta años después, esa bolsa parece contenerlo ya todo: el esfuerzo, la bicicleta y esa pequeña dulzura que llega cuando menos te lo esperas.

A los 12 años, Arturo va al colegio por el día y por la noche trabaja en una pastelería. Lleva los dulces a las tiendas de una Mahón que aún era pequeña, subiendo y bajando por la calle Cos de Gràcia y hacia Trepucó. De ese primer trabajo aprende tres cosas que ya no le abandonarán: la limpieza, el orden y la organización. En dos años ya sabe lo suficiente como para imaginar una pastelería propia.

Sin embargo, a los 14 años, se marcha. Por orgullo, cuenta, porque era impulsivo. Cuando se lo dice a su madre, ella rompe a llorar porque ha dejado un trabajo bueno y seguro. En aquellos tiempos, la seguridad lo era todo. Arturo se va a trabajar con el padre de un amigo que construye cocinas y baños. Es demasiado joven para los sacos de cemento y las obras, así que aprende a cortar azulejos y trabajo de acabado.

Arturo Sintes: «Solo yo creía en mí»

Es allí donde desarrolla su ojo para los detalles. En dos semanas gana el doble, y los sábados por la tarde y los domingos los tiene libres. Un día, la madre de su amigo lo mira y le dice: «Quién sabe, quizá algún día seas alguien». Y él nunca ha olvidado esas palabras.

Sin embargo, nadie más parecía creer que algún día, quién sabe… «Solo yo creía en mí», dice sin amargura. Arturo escucha. Escucha a los obrerosque hablan de los constructores y se da cuenta de que son los constructores los que hacen fortuna. A los 17 años, después del trabajo, se matricula en los cursos nocturnos de la Escuela de Maestría Industrial de Mahón. Escuchar, aprender y luego arriesgarse: ese será su método durante toda su vida.

En 1970 toma una decisión inusual para la época: aprender inglés. Clases particulares, diez sesiones a la semana. Los clientes extranjeros de entonces eran sobre todo ingleses, y él se convierte en el primer constructor de Menorca en presentar presupuestos y facturas en inglés.

Un libro titulado “Piscinas”

Entonces llega la frase que le cambia la vida. El propietario de Bonnín Sansó le dice: «Tengo que construir una piscina para un cliente». Arturo, que compraba libros imposibles de encontrar en las librerías de la isla, encarga uno titulado simplemente “Piscinas”. Entre esas páginas descubre el hormigón proyectado, la técnica utilizada en Estados Unidos. La máquina costaba 500 000 pesetas, una cifra enorme. El préstamo lo avalaron algunos amigos y un tío. ¿Estaba seguro de que lo conseguiría? No, admite. Pero en 1976, a los 25 años, le invitaron a la feria de piscinas de San Francisco. Vio cuántas piscinas se construían en Estados Unidos y comprendió que pronto ocurriría lo mismo en Menorca.

Arturo Sintes es un empresario de Menorca que ha construido unas 3.500 piscinas, además de 300 casas, 600 apartamentos...

Tenía razón. Las piscinas de Sant Jaume, S’Algar y Santo Tomàs llevan su firma. A lo largo de su vida laboral ha construido unas 3.500, además de 300 casas, 600 apartamentos y un sinfín de restauraciones. En el año 2000 exportó su modelo incluso a Uruguay, con una empresa llamada Piscinas del Este, que posteriormente cedió a socios locales. El apogeo llegó en 1988 y 1989: más de 134 piscinas al año, la empresa con mayor facturación de la isla. Le llamaban «El rey de las piscinas». Hoy sonríe al recordar aquellos años y los seis coches deportivos que tenía en el garaje: un Alfa Romeo Giulietta, un Mercedes 230, un Lotus, un Jaguar 420…

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Mientras tanto, su vida privada crecía al mismo tiempo que su trabajo. En 1976 nació Susy, su hija, y en 1980, Christian; además, tiene cuatro nietos.

Venderlo todo para pagar a todos

Luego, entre 1991 y 1992, la caída. De 140 empleados a 4. No ocurre en una semana: es un lento deslizamiento que duró dos años y medio, y Arturo lo define como lo más difícil de su vida. «En esos momentos solo piensas en sobrevivir», dice. Vuelve a trabajar en primera persona, en la obra, y se lleva consigo a su hijo, que aún es un chaval, para que entienda hacia dónde se dirigen. Lo vende todo. Y paga a todos. Lo dice en pocas palabras, como si fuera algo obvio. Pero es en esas pocas palabras donde se entiende al hombre.

Arturo ha visto cómo ha cambiado Menorca a lo largo de medio siglo a lo largo de medio siglo. A finales de los años setenta, sus clientes eran ingleses a punto de disfrutar de su jubilación. Tras el Brexit, llegaron franceses, italianos y españoles más jóvenes, con mayor poder adquisitivo. De todo lo que ha construido, se enorgullece de una casa en Binissaida con vistas al mar, de las de Son Nadal y Binibeca y, sobre todo, del Centro Carlos Mir, el centro para personas con discapacidad de Trepucó.

¡Menorca es fantástica!

¿Arrepentimientos? Ninguno. «En Menorca no me falta nada», afirma. Le gusta viajar, pero siempre vuelve a lo que considera el lugar más bonito del mundo. Vivir aquí, para él, es un privilegio. «Menorca es una pasada», Menorca es fantástica.

Entonces, un día, su corazón se detiene. Tras el paro cardíaco, Arturo habla de «una nueva vida» y la construye con la misma disciplina que aprendió en la pastelería. Ha reducido el ritmo de trabajo. Va al gimnasio tres veces a la semana, sabados y domingos sale en bicicleta durante dos o tres horas. Una vez a la semana reúne a todos sus colaboradores. Almuerza a la una y cena a las seis de la tarde. Una vida ordenada que, sin embargo, no ha apagado su curiosidad.

Prueba de ello es el italiano, lengua de la que está enamorado. Hace treinta años construyó un chalet en S’Algar para un cliente italiano y aquel invierno tomó clases dos veces por semana. Después, el italiano quedó en un cajón. Volvió a salir a la luz cuando, en el mundo del cicloturismo, encontró amigos italianos. Lleva dos años estudiando todos los días y, en los últimos dos meses, siempre ha estado en el podio de la liga Diamante de Duolingo.

El hilo conductor de las dos ruedas

Arturo Sintes entre sus bicicletas en Mahón, Menorca

La bicicleta es el hilo que lo une todo. Desde hace 25 años, Arturo organiza el Vuelta Cicloturista Internacional a Menorca. No es una carrera: se pedalea juntos, cada uno a su ritmo, salvo en las subidas. Entre los participantes de todas las ediciones hay uno que no se olvida: Miguel Induráin, cinco veces ganador del Tour de Francia. Arturo ha visitado los grandes museos del ciclismo, desde el de Ghisallo en Italia hasta el del Tour de Flandes en Bélgica, y en noviembre tiene previsto volar a Japón para visitar el Museo Shimano.

Y es de ahí de donde nace el sueño. Un museo de la bicicleta en Menorca, en el Polígono Industrial de Mahón, en el edificio que hoy alberga su colección de bicicletas. Arturo habla de ello con una dulce urgencia. Sabe que debe decidir pronto. «Yo no estaré aquí», dice sencillamente. Le gustaría dejar el recuerdo de una buena persona, de alguien que luchó, de un gran amor por Menorca.

Un museo de la bicicleta para Menorca

Le pregunto: ¿qué le dirías al niño que llevaba dulces por las calles de Mahón? La respuesta es inmediata: «Los sueños solo se hacen realidad trabajando mucho, porque en esta vida nadie te regala nada. Todo depende de tu esfuerzo».

Y, sin embargo, una vez le regalaron algo: una bolsita de terrones de azúcar, que le llevó a casa un padre que reparaba bicicletas en un invierno nevado. Quizá el museo sea la forma que tiene Arturo de devolver ese regalo a Menorca. He visto la representación del proyecto y, mientras Arturo me lo mostraba, he visto cómo se le iluminaban los ojos como los del niño de entonces. Aquel que escuchaba, aprendía y no tenía miedo de volver a empezar.

Deseo de todo corazón que consiga hacer realidad este sueño. Haría felices a muchos menorquines que los domingos pedalean por las carreteras de la isla y sería un motivo más para dar a conocer Menorca en el mundo. Y creo que sería su obra más bonita. No una piscina, ni una casa, sino un lugar donde las bicicletas cuentan historias.

La suya y la de una isla a la que ama más que a nada en el mundo.

 ¿El sueño de Arturo Sintes? Un museo de la bicicleta por Menorca en Mahón