Ramon Pujol Roca en Menorca

por Gloria Vanni

Hay personas con las que entras en una tienda para comprar algo y sales una hora después con la cabeza llena de historias, nombres, libros, ideas y al menos tres objetos que no sabías que querías. Ramon Pujol Roca es exactamente ese tipo de persona. La Maravilla, su tienda en Mahón, son veinte metros cuadrados que contienen un universo. Y Ramón es el universo dentro de la tienda. Conocerlo fue como abrir un libro precioso y no poder dejar de leer.

Hay una frase que Ramon dice casi de pasada, con esa naturalidad de quien no busca efectos: «Tengo la suerte de elegir dónde vivo». Parece poco. En realidad lo es todo. Nacido en Reus, provincia de Tarragona —la ciudad que vio nacer a Gaudí—, cerca de los viñedos del Priorat y de las avellanas Negreta, tierra del modernismo catalán y de una cultura arquitectónica que se respira en las paredes. Su abuelo tenía una tienda de tejidos y confección a medida en la calle Monterols y se llamaba La Maravilla. Un nombre que Ramon se llevará consigo a una isla en medio del Mediterráneo, como un hilo que une a las generaciones.

Ramon Pujol Roca

La huida de Reus, la libertad y la escuela en Barcelona

A los diecisiete años se escapa de Reus, como me pasó a mí a los 20 de Génova. El franquismo había terminado en 1975, la Constitución había llegado en 1978. Barcelona había estallado en esa libertad total, casi física, de quien se lo había guardado todo dentro durante demasiado tiempo. «Había un Drugstore en el Paseo de Gracia, abierto las 24 horas», recuerda Ramon. Una frase en la que está todo el significado de una época.

Se matricula en la Escuela de Diseño y Arte (EINA). Eran ocho alumnos en una torre, con los mejores profesores de arquitectura y diseño del momento. Norberto Chaves, América Sánchez, Albert Ràfols-Casamada, Francesc Artigau, por citar solo a algunos. «Uno podía hacer lo que le apeteciera: ese era el mensaje de la escuela, sin arrogancia». Dibujaban del natural, con pocas líneas, sin goma de borrar. Formación rigurosa en la libertad, o quizás libertad rigurosa en la forma.

Il passato di Ramon?

Barcelona, los años dorados y las primeras experiencias

Los siguientes veinte años son un catálogo de experiencias que serían la envidia de cualquiera. Trabaja en el estudio de Josep Aragall: a los 23 años se dedica al diseño de interiores. Por la noche trabaja de barman en Districto Distinto, discoteca con terraza. Porque estaba tan loco por vivir, dice, que quería hacerlo todo y todo a la vez.

En 1987 entra en Vinçon, el legendario templo del diseño barcelonés inaugurado en 1929 y cerrado en 2015. Durante trece años monta los siete escaparates de la tienda. «Me pagaban bien y me divertía mucho», recuerda Ramon. Con el propietario, Fernando Amat, establece una compenetración poco común, esa que se da entre personas que hablan el mismo lenguaje estético sin necesidad de explicarlo.

Exposiciones que dejan huella

Mientras tanto, monta exposiciones por todas partes. En el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) organiza «El siglo del cine». En una superficie de 3800 metros cuadrados construye una calle con paraguas y lluvia de verdad, bibliotecas con puertas que se abren a otras historias… Y además, para Repsol monta la exposición «Mi amada Tierra» en la Casa de les Aigües de Barcelona. Es 1995 y Barcelona es el lugar donde todo es posible. Philippe Starck le pide que trabaje con él y Ramon responde «¡Gracias, pero no!». Quizás dice sí a su propio camino.

Abre su estudio en la Rambla, entre la Plaça Reial y el mar. Trabaja para Sephora, Adolfo Domínguez, Woman Secret. En 1992 diseña el Café dentro del Museo Frederic Marès, el primer local dentro de un museo en Barcelona. Luego, el Tèxtil Café en el Palacio Rocamora. Toda una vida en veinte años.

1992: la llegada a Menorca y la revelación

La primera vez llega a Menorca casi por casualidad, como suele ocurrir con las cosas importantes. Es un San Juan de 1992. El barco entra en el puerto de Mahón con la tierra a ambos lados, un espectáculo que quien lo ha visto al menos una vez no olvida. Ramón queda deslumbrado.

Vuelve cinco años después. En broma, les dice a sus amigos: «¿No habéis encontrado una casita para mí?». Poco después, en bicicleta, se encuentra frente a una casa rústica en venta. La compra y, al principio, es un refugio básico para cuatro o cinco días al mes, con linternas, velas y nevera de hielo. Cogía el Turbocat de la Naviera Universal Española desde Barcelona, tres horas de travesía, 11 000 pesetas ida y vuelta. «Cada vez que me iba de Menorca estaba deprimido», dice. Señal de que ya era su hogar.

La Maravilla en Mahón, segundo acto

En 2003, el salto definitivo. Ramon abre La Maravilla en Mahón: 20 metros cuadrados repletos de más de cuatro mil objetos de uso cotidiano, complementos para el campo y la playa, diseño funcional e inteligente. «Solo compro cosas que me gustan».

La imagen de la tienda es un burro —el que pasta frente a su casa— impreso en delantales, paños de cocina, tazas, cortinas de ducha, que se envían a todo el mundo. Hace siete años abrió la página web: hoy el comercio digital representa una cuarta parte de la facturación, con 4.180 artículos disponibles, todos físicamente presentes en la tienda en ese momento. «Lo que ves online es lo que hay», añade Ramon, que mientras tanto ha atendido a un par de parejas francesas contándoles que le ha puesto un casco al burro por las obras que hay en la plaza cercana. La Maravilla está abierta todo el año excepto en febrero, cuando Ramon y Toni se van de vacaciones, un viaje fuera de la isla. «Salir una vez al año es necesario», comenta.

La Maravilla, 20 metri quadrati

Un hombre de cultura ilimitada llevada con ligereza 

Ramon es así: cultura ilimitada llevada con ligereza, gusto refinado sin esnobismo, ironía siempre presente. Su libro favorito es El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki. Es ese texto japonés que explica cómo una laca vista a la luz de una vela es otra cosa respecto a la misma laca bajo un tubo fluorescente.

Tiene un hermano, Ferran, activista clave en la lucha contra el sida. Tiene un jardín al que se dedica con pasión. Tiene una tienda que dentro de unos años cederá o cerrará con la misma serenidad de quien sabe que todo tiene su momento.

«Ramon conoce a medio mundo y el otro medio mundo conoce a Ramon», dicen de él en Menorca. No es una exageración. Es simplemente la verdad. Saluda a todos y todos le saludan con calidez y simpatía.

Al salir de La Maravilla me encontré con la cabeza llena de cosas en las que pensar. Ramon tiene ese talento poco común de hacerte sentir más rica de lo que estabas al entrar. No por lo que has comprado, sino por lo que has escuchado.

Menorca nos regala de vez en cuando a estas personas. Gente como nosotros que ha elegido la isla no por casualidad, sino por vocación. Gente como él que aporta a la isla belleza, cultura y un poco de maravilla.

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